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Balanceos

Las vacaciones están costando. 

Tener tiempo libre implica que la mente es libre también de alejarse, de deambular por caminos cerrados en la cotidianía.

Salvo por nosotros, el parque está desierto. Me columpio y cierro los ojos. Adelante y atrás. Escucho el tráfico de la carretera, que está arriba, a la izquierda. Es notorio hoy, pese a que es sábado y que estamos en un pueblo tranquilo. Aquí abajo, cerca, el graznido de las ocas. A la izquierda, un mirlo parlotea; su animada charla se mezcla con el más o menos rítmico vaivén de la pelota de ping-pong que se lanzan Jaleo y su padre. Algo más lejos, Jiribilla dibuja en su cuaderno. 

Adelante y atrás. Las piernas se estiran, se recogen, mantienen la cadencia. Es importante concentrarse en la cadencia; si dejo de hacerlo corro el riesgo de que el pensamiento escape. Podría irse hacia la pantalla, a la imagen inerte, a lo que pudo haber sido. Adelante y atrás. No me concentro lo suficiente. Y allá va, el pensamiento; a la desbordante ilusión de Jiribilla, al arándano en el vientre. Vacuna de la gripe, test de O'Sullivan, suplementos prenatales. Todo bien. Todo, salvo lo que no se puede controlar, como la edad, la calidad, esas cosas. Adelante, atrás. Ha llegado alguien; los insistentes chillidos de los gansos así lo atestiguan. Abro los ojos. Ellos siguen jugando, ella continúa esbozando su cómic. «Los días son largos; los años, cortos». Ahora incluso tengo tiempo de columpiarme sin tener que vigilar a nadie. Pienso que no debería de encontrarme en este columpio sola; alguien más tendría que estar meciéndose conmigo, dentro todavía. Como si fuera mi derecho solo porque lo deseo. Qué idiota. Adelante, atrás. Aborto. Muy común, sobre todo cuando pasas de los cuarenta. Y me dicen que retenido —porque no queremos dejarnos ir, pienso—. Se queda dentro, aunque ya sabes, sin vida. Pero qué estupidez, ¿no se quedan siempre dentro hasta que salen? Navidades tristes. El movimiento se acelera. Adelante, atrás. Tal vez, si cojo suficiente impulso, pueda dejarla atrás, pueda ser más rápida que la pena. La tristeza quedaría suspendida en el vacío atemporal, entre balanceos.

Atrás. El desconsuelo desbordante de Jiribilla, el pasotismo de Jaleo. La purga, la sangre. El vientre hinchado a modo de recordatorio innecesario. Cambios malogrados, anhelo interrumpido. Los gansos, el eco del ping-pong, «mamá, ¿quieres ver mi cómic nuevo?». La oscuridad se diluye momentáneamente. Dejo de columpiarme y me bajo. En realidad no hay otra cosa que hacer. Adelante.







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