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Esperando

Hoy batimos el récord de separación, Jiribilla y yo. Casi seis horas. Casi seis horas se quedó con Él mientras yo me iba a un registro eterno al hospital. Y lo pasé peor yo, aunque eso no sorprende. En cuanto nos reencontramos nos dimos un emotivo abrazo fuerte fuerte, me contó que había llorado porque quería estar conmigo, pero yo la vi tan contenta y feliz. Porque se quedó con papi, claro. Con su papi adorado, que se ve que se maneja mejor que mamá. Yo, que no saco tiempo para cocinar con ella encima... Pues Él cocinó un par de cosas, fregó los platos, sacó a los perros..., y todo ello sin siesta de Jiribilla de por medio. Para eso me esperó, para engancharse a la teta y dormir a pierna suelta. Registro eterno en el hospital, entre monitores y consulta. Registro inútil. Porque es pequeño, dicen. De resto, todo perfectísimo. Líquido genial, placenta maravillosa, colocación inmejorable. Y se ponen a hablar de posibles inducciones en la semana cuarenta. Siempre con consentimiento m...

Depresión preparto

¿Existe tal cosa? Quedan semanas para conocer al nuevo amor de mi vida y, más que feliz e impaciente, me siento desubicada, perdida y tristona. Y terriblemente incómoda. La barriga, el cuerpo entero me pesa horrores. Jiribilla demanda más que nunca. La famosa adoslescencia empieza justo ahora, y yo que pensé que nos habíamos librado. Quiero detener el tiempo y que este bombo se pare, pero a la vez deseo que salga ya, por dios. Jiribilla no me da tregua. Me tiene tooodo el tiempo arriba, abajo, teta, yendo y viniendo. Y brazos, siempre brazos. ¿Por qué me embaracé tan pronto? Ilusa de mí, pensé que en nueve meses se independizaría. Y me veo a mí misma perdiendo la paciencia, viéndola mayor para ciertas cosas, olvidando a veces que aún es pequeña, muy pequeña, Y le pido que colabore, que no tire las cosas al suelo. y ella me dice «no worry» y me abraza. Y ahí estoy yo, pidiéndole perdón, la peor madre del mundo, siendo consolada por mi bebé. Quedan semanas, y deberíamos tenerlo todo ...

Primer embarazo, segundo embarazo

En el primer embarazo el tiempo parece no avanzar. Te asomas al espejo cada dos por tres, analizando con calma supina la incipiente curva. ¿Serán sólo gases? ¿La ingesta del desayuno? ¿Cuándo empezará a notarse de verdad? En el segundo embarazo te enteras de que estás embarazada. Algunos días recuerdas que estás preñada y te preguntas si será cierto que sale antes la barriga. Y, de repente, BUM, ahí está. ¿Cuándo creció este balón en mi abdomen? En el primer embarazo no ves la hora de empezar a sentir cómo se mueve. Lees trucos para lograr percibirlo. Tumbada boca abajo, boca arriba. Te parece notar algo, pero nunca estás segura hasta que ya es evidente que es ello. En el segundo embarazo estás tan ajetreada que un día notas algo. «Ahí está, esta vez no hay duda», piensas. Sonríes y sigues a lo tuyo. Ya habrá tiempo para sentirlo con calma (ja). En el primer embarazo, cada vez que completas una semana, haces una búsqueda frenética en Google sobre qué ocurrirá en la sig...

Positivo. Oh, positivo.

Vértigo. Y una brevemente asfixiante sensación de culpa. Eso sentí al ver el positivo. Culpa. Jiribilla en plena crisis de los dos años, inseparable de su teta, inconsolable por alguien que no sea mamá. Mamá, que es la única capacitada para empujar la silla de paseo. Mamá, que es la única que puede leerle cuentos. Mamá, la única que puede darle la comida cuando no quiere empuñar ella los cubiertos. Que ose otra persona sustituirme en estos menesteres, ¡ja! Mamá. Mamá. MAMÁ. Culpa. Si antes vivía cansada, estas primeras semanas son de locura. Me arrastro como una sombra de una sombra de mí misma. (Qué digo... Mi sombra se ha quedado durmiendo, que ella puede). Lucho por mantener los ojos abiertos, aunque Jiribilla es la mejor alarma: en cuanto ve que los entrecierro un poco, acerca sutilmente su cabecita a mi cara moribunda y grita: «MAMÁÁ-MAMÁÁÁ-MAMÁÁÁ, nooooo». Traduzco: «No puedes dormirte, madrecita querida, hay todo un mundo por explorar, aunque hayamos ejecutado el mismo...

Perrhijos

La verdad es que no empezamos de cero. Antes de Jiribilla ya teníamos experiencia. Teníamos perrhijos. Primero fue Perrhija. Con ella aprendimos a ser responsables de otro ser vivo. Nos enseñó a renunciar a ciertos lujos, como ponerte el pijama a las seis de la tarde sin preocuparte de tener que volver a salir luego –siempre queda el último pis, la última caca–. Al ser la primogénita y única durante muchos años se le consintió bastante. Cuando aprendió a subirse a la cama nos pareció de lo más mona y ya no hubo quien la bajara. Así que ahora colechamos cuatro. Jiribilla con Perrhija, su compañera de juergas acuáticas. Luego vino Perrhijo: este fue rescatado de perrera y se nota, porque allí donde Perrhija es arisquez y guaguaguagrrr, Perrhijo es todo nobleza y lametones. Padeció moquillo, perdió prácticamente toda la movilidad de las cuatro patas y nos enseñó lo más grande: la paciencia infinita, los cuidados intensivos y el amor a raudales –mutuo– nos prepararon en pa...

Oda al colecho

A ¿nadie? le amarga un dulce

Esta tarde debí colarme accidentalmente por una grieta espaciotemporal, porque de repente me encontré en el mundo del revés. Hubo una clara perturbación en la lógica. Cuando era pequeña me obligaban a comer ciertas cosas que no me gustaban nada de nada. Imagino que como a la mayoría de los niños. Estos alimentos eran, por lo general, verduras y frutas, consideradas saludables y necesarias. Hasta hace no mucho veía lógico eso de obligar a comer a los niños; después de todo la verdura es sana y hay que comérsela, qué caray. Pero bueno, esta barbaridad para otro día. (Adelanto: NO hay que obligar a comer a un niño). Hoy solo quería comentar la aberración que contemplé esta tarde: cuando lo que obligan a comer al niño es precisamente lo menos necesario. Me encontraba en un establecimiento destinado a la venta de exquisiteces por peso –y cuando digo «exquisiteces» me refiero a basurillas azucaradas por un lado y almendras, nueces y demás manjares por otro. Yo estaba allí por lo insano...