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Seis años, tres años

Jiribilla cumplió en agosto. Los cumplimos: yo, seis años de madre; ella, seis años de vida, de hija, de nieta, sobrina, de hermana futura y presente, de amiga, exploradora, inventora, reina, bailarina, dinosaurio, narradora...

Más de un lustro. Sin embargo, cuando evoco esos primeros días parece que realmente fue ayer. Su pequeñísimo tamaño en mis brazos, su olor, el chute de oxitocina, el amor desmesurado, la brutal fascinación por esa criatura... Durante las tetadas interminables la miraba, la contemplaba, nunca me cansaba de observarla, de hacerle fotos, deseando con toda mi alma que nunca se destetara. Ahora sé que lo que quería era que esa sensación no terminara nunca, con o sin teta. La sensación de plenitud, de corazón desbordante, de «esta pasión no me cabe dentro».

Por supuesto, la teta acabó. En concreto, terminó este año, durante el confinamiento, con poco más de cinco años y medio. Ya llevaba un tiempo tomando muy poco, pedía una vez a la semana, o cada dos. 



Con Jiribilla todo fue muy intenso, sobre todo al comienzo. Con Jaleo fue de otra manera, imagino que por no ser el primero, por tener que atender a una y a otro, pero es verdad que el amor se multiplica. Jaleo cumplió tres confinado, pero no importó. Hoy tuvieron la revisión de los tres y seis años y recordé que estos serán los únicos meses en que ella le doblará la edad. Me parece reseñable. Discúlpenme, ñoñerías de madre nostálgica. 

Llevo seis años de ñoña.



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