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Perrhijos

La verdad es que no empezamos de cero.

Antes de Jiribilla ya teníamos experiencia.

Teníamos perrhijos.

Primero fue Perrhija. Con ella aprendimos a ser responsables de otro ser vivo. Nos enseñó a renunciar a ciertos lujos, como ponerte el pijama a las seis de la tarde sin preocuparte de tener que volver a salir luego –siempre queda el último pis, la última caca–. Al ser la primogénita y única durante muchos años se le consintió bastante. Cuando aprendió a subirse a la cama nos pareció de lo más mona y ya no hubo quien la bajara. Así que ahora colechamos cuatro.

Jiribilla con Perrhija, su compañera de juergas acuáticas.

Luego vino Perrhijo: este fue rescatado de perrera y se nota, porque allí donde Perrhija es arisquez y guaguaguagrrr, Perrhijo es todo nobleza y lametones. Padeció moquillo, perdió prácticamente toda la movilidad de las cuatro patas y nos enseñó lo más grande: la paciencia infinita, los cuidados intensivos y el amor a raudales –mutuo– nos prepararon en parte para la que se nos venía encima. Y dirán ustedes: «Anda, ¿y por qué no son cinco en el lecho familiar? Están discriminando a Perrhijo». La razón es simple: es un poco antihigiénico. El moquillo le dejó alguna secuela: una flojera de las patas traseras hace que cuando orine –en cuclillas– no coordine bien y su chorro vaya muchas veces directo a las patas delanteras. Mmm, qué rico. A veces lo hace más difícil todavía y se moja el pechito. Y a veces va más allá, mucho más allá, y baja el morro mientras hace pis y se sorprende mojándoselo. Mmm, más ricor. Aparte de esto, tiene una desmedida afición por comer cacas. Le dejas un ratito a su aire y ZASCA, caca que se ventila. Por no hablar de las toneladas de pelo que suelta cada día. Así que no. ¡Colecho pa cuatro y listo!


Perrhijo es más de secano.

El caso es que yo adoraba a esos perros. Y los adoro, no me entiendan mal. Pero es que antes, de tanto que los quería, rozaba lo raruno y pesao: si estaba yo en el sofá viendo una peli y bajaba la vista hasta Perrhijo, dormitando plácidamente en su cojín, interpretaba yo sus ojillos entrecerrados como aburrimiento y me sentía culpable por no estar jugando con él, entreteniéndolo, mostrándole afecto, así que me levantaba e iba junto a él a darle mimitos. A veces cogía una pelota y se la tiraba allí mismo, en el salón: «¡Venga, Perrhijo! ¡¡CÓGELAAAAA!!». Por mucho entusiasmo que pusiera en la voz, él me miraba como si yo fuera de otra galaxia y ni se inmutaba.

Si veía a Perrhija tumbada en la cama, me echaba junto a ella y le soltaba una retahíla de disculpas anticipadas porque iba a descuidarla un poco durante algún tiempo. Le aseguraba que no pasaría a un segundo plano. Le prometía –y yo misma lo creía– que no iba a querer a un bebé llorón más que a ella, mi cachorrita, mi pequeña perra sata, pero que tendría que atender a Jiribilla porque era lo que tocaba.

Así era la cosa. Los atosigaba con mi amor.

Unos pocos días antes del día J tuve un ataque hormonal y me dio una llantina por el mero hecho de LOS PERRHIJOS, QUÉ SERÁ DE LOS PERRHIJOS MIENTRAS ESTAMOS EN EL HOSPITAL. Llegué a pedirle a Él que no estuviese conmigo en el parto, que se quedara con ellos en casa. Por supuesto, me llevé una bronquita.

Y llegó Jiribilla.

Y sí, pasaron a un segundo plano. Y de qué manera.

Porque con Jiribilla llegó la oxitocina a raudales, la vena mamífera. Con Jiribilla llegó el Nuevo Mundo. Y en este nuevo mundo no me importaba –tanto– que los perrhijos pasaran a un segundo plano.

Me avergüenza decir que algunos días olvidaba acariciarles, y que al darme cuenta les daba una caricia rápida y culpable. Rápida, porque no tenía tiempo ni manos para más. Los sacaba, sí, pero era una tarea mecánica sin momentos de afecto.

Me avergüenza decir que muchas veces me molestaba su simple presencia, por interponerse en mi camino. Por tener que cambiarles el agua, ponerles comida, limpiar los vómitos, barrer los pelos, asear sus camas, llevar al día sus vacunas y pastillas. Por tener que querer sacarlos a pasear y permitir que vivieran un poco.

A menudo imaginaba qué fácil sería todo sin perrhijos. Bueno, si no fácil, al menos más cómodo en ciertos momentos. Ahora todo está volviendo a su cauce. Siguen en un segundo plano, pero no tan atrás. Veo el amor que les profesa Jiribilla y olvido todos los inconvenientes. Cuando salimos sin perrhijos Jiribilla los busca. Muchas veces sus nombres son lo primero que pronuncia al despertar –en ocasiones los llama en sueños–. Una de sus pasiones es imitarnos recogiendo cacas por la calle, ya sea con la bolsita de rigor o con una hoja de árbol caída. Es una recogecacas nata. Nos arranca las correas de las manos cuando vamos por la calle, y a veces se detiene sólo para hacerles una caricia.

Y ellos... Bueno, ellos bendicen la llegada de Jiribilla desde que el BLW llegó a nuestras vidas y ponen de su parte limpiando el suelo de la cocina.

La paseadora de perros. Y con una sola mano.




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