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Mostrando entradas de 2018

Controlar la sombra

Antes de ser madre tenía pocas amigas con hijos. Una de ellas, a la mínima oportunidad, decía eso de «es que tú no lo entiendes porque no eres madre». Lo cual me daba mucho por saco. Porque no era madre, pero podía hacerme una idea, qué caray.

Ja.

Lo que voy a relatar a continuación sólo lo comprenderán las madres. Y quizás no todas. Pienso sobre todo en aquellas mujeres cuya sombra ha emergido de forma bestial al convertirse en madres, esas que han sentido removerse todo su ser. Las que tenían una idea muy clara sobre cómo gestionarían su maternidad y se han visto inmersas en un universo diferente que les ha hecho replanteárselo todo. Las que pretendían hacer las cosas de una manera, pero su instinto les gritaba que nanay y han sabido escuchar. Las que se han visto solas y desamparadas transformándose en su nuevo yo. Las que han querido informarse y lo han hecho, pese a las mareas en contra.

(Quién sabe, quizás también lo entiendan las personas no-madres muy empáticas).

Es difícil co…

Despidiendo y celebrando el tercer hijo

Todo comienza y todo termina. Todo.

Cuando estamos inmersas en la primera etapa de la crianza parece que no, que ese agotamiento abismal será para siempre, que esa dependencia de nosotras nunca acabará. Aun así nos regodeamos en el amor, en el cansancio. Nos encontramos en otro universo, a nivel mental, físico, espiritual. Vivimos prácticamente desconectadas de todo aquello ajeno a nuestra cría, a nuestro vínculo. Es extraño, muy extraño. Contradictorio. Deseas descansar, pero no quieres que ese amor se apague, ese combustible, esa oxitocina, ese... lo que sea.

Es normal esa lucha de sentimientos. Después de todo y ante todo, somos humanas. No somos máquinas. Estamos sujetas a cambios químicos, físicos. Nuestro cuerpo es una orquesta, a veces suena una pieza lenta, otras veces algo más rápido, en ocasiones desafina. Qué sé yo, me voy por las ramas.

Lo que quiero decir, y pretendo expresar, es que estoy viviendo un proceso de luto. Porque cada vez soy más consciente de que ya no tendré…

Renuncio

Renuncio.
Renuncio a preocuparme de sandeces cotidianas.
Renuncio a tener las dos manos libres.
Renuncio a ir al baño sola, a miccionar/defecar/ducharme tranquila y sola.
¡Renuncio! Para qué luchar, para qué frustrarme.
Renuncio a comer sentada a la mesa como un bípedo civilizado.
(De hecho, renuncio a comer algunos días).
Renuncio a dormir, al menos a pierna suelta y de corrido.
Renuncio a tener una conversación sin interrupciones.
Renuncio a cocinar siempre sano y variado.
Renuncio a llevar ropa que no sea de «teta fácil».
Renuncio a volver a leer algo que no esté relacionado con la crianza.
Renuncio a ir ligera, de bultos y de ritmo, por la calle.
Renuncio a tener la casa impecable.
(O mínimamente decente, ¡para qué!).
Renuncio a esconderme cuando me llamen sus vocecitas.
Renuncio a preferir fregar los platos para escaparme un rato.
Renuncio.
A partir de hoy dejaré que fluya.
Si me reclaman estaré con ellos.
Tiraré de botes de conserva, de guisos rápidos, de la cafetería.
Recurriré…

Un día, el día a día

Y un día, pum, te descubres buscando un hijo. Tú, la «liberal», la que no quería niños. Escrutas la prueba en busca del rayón. Te sumerges en internet, te haces experta en concepción. Y un día, zas, estás embarazada. Cada semana acudes a Google para saber en qué estado se halla. Conoces de pe a pa las fases de desarrollo. Te vuelves maestra del embarazo, ¡y no es un rollo! Y día tras día te tocas, te miras en el espejo. No sabes si esa curva es un bebé o el almuerzo. Te mueres por que se note, por que vaya rapidito. La espera es un tormento, pero uno tan bonito... Y un día, bom, sientes como un meneo. No estás segura, ¿serán gases? ¿Indigestión? No lo creo. Te tumbas boca arriba, de lado, boca abajo... Pruebas mil posturas... ¡Notarlo cuesta trabajo! Y un día, paf, ya salió toda la panza. La gente ya no duda, va directa y se lanza: «¿El primero? ¡Ya verás! No volverás a descansar». Y piensas que exageran... Tu caso no será igual. Y de pronto, GRMMPFF, ¡está fuera! No lo crees, está v…

Cuatro años de MAGIA

Cuatro años, Jiribilla.
Cuatro años y sigues fascinándome. Toda tú brillas: brillan tus ojos y tus entrañas. Vas por la calle canturreando, inventando versos que no riman, tarareando, saltando, recogiendo hojas y palitos, eres feliz. Vas regalando pegatinas a la gente porque sí, y tu cara se ilumina cuando la aceptan y te devuelven una sonrisa, una palabra amable. Algunas personas piensan que pretendes cobrar por la estrellita y te rechazan, pero tú nos miras y te encoges de hombros como diciendo «bueh, no la quiso, ¡qué extraño!», y sigues buscando a quien regalar. Y ríes con tus propias gracietas, y de repente me dices que me quieres «más allá del planeta». 
Y me emociono, porque es tu cumpleaños y tú sigues regalándonos tu espíritu, tu alegría. ¡Ojalá no pierdas ni un ápice de eso! Es difícil, pero eres tú, es tu esencia, soy optimista.
Feliz día, Jiribilla. 
Felicidades a nosotros.

Más vale acompañada que aguantarse las ganas

Es curioso: a él no lo acompañan al baño. En cambio, ya pueden estar pasándolo pipa jugando con superpapá, que como yo me levante y anuncie una fugaz visita al inodoro dejan raudos cualquier aventura y vienen cual cachorrillos perdidos. A veces me escabullo sigilosamente, pero no cuela: se dan cuenta de mi ausencia y no perdonan. Y me veo allí, sentada en el trono, el teléfono escondido con urgencia bajo el rollo de papel –adiós, ratito de paz–, y mis dos secuaces montando guardia: Jiribilla apoyada en el bidé, Jaleo intentando abrir el grifo y yo evitando que resbale para que no se parta la crisma.

–¿Puedo ver tu caca?
–Mmm... Todavía no hay nada.
–¿Ahora?
–No.
–¿Ya?
–No. Mi amor, necesito intimidad... Como cuando tú haces caca en el balcón y nos pides que cerremos bien la puerta y nos quedemos fuera.
–¿Ya?
–Necesito un poquito de tiempo.

Tres segundos después:

–¿Ya hay caca?
–UMPRFF... Sí. Mira.
–¡Puaaaj!

Y así, varias veces al día, de a poquito cada vez, voy vaciando los intestinos…

Nuestros libros - De la cuna a la luna

¡Feliz Día del Libro!

No sé si les pasa lo mismo, pero en nuestra vida los libros ocupan un lugar importante. Bueno, en realidad ocupan muchos y variopintos lugares: armario, zona de juegos, estantes, cama, coche... Hasta en el baño hay uno que llevo intentando leer unos buenos meses ya –es lo que tiene no ir nunca al baño sola–. A lo largo de un día Jiribilla nos pide que le leamos muuuchas veces, especialmente de noche, antes de irse a dormir.

Como tenemos un montón de libros, pero poco tiempo para escribir sobre todos ellos antes de que alguno despierte, me alegra comunicarles que hoy inauguro una sección del blog. Y me alegro, sí, porque de esta forma me obligaré a retomar esto. Sacaré ratitos para comentar nuestros libros preferidos y no tan preferidos. ¡Tendrán Jiribilla, Jaleo y mis quejas para rato!

No podía ser de otra forma: debo empezar recomendando la colección De la cuna a la luna, de la editorial Kalandraka. Es una obra de Antonio Rubio, con ilustraciones de Óscar Villán…

Un año de dos

De nuevo, me he retrasado. Mil perdones a mis dos seguidores, pero estamos en las mismas.
Sigo sin tiempo. Sin tiempo que no sea para dedicárselo a ellos. O a mí, lo confieso, mea culpa, porque cuando los astros se alinean y se duermen pronto, procrastino. Dejo de lado las mil cosas pendientes y me pongo a ver un capítulo de mis series echadita en la cama, a veces con Jaleo enganchado. Buf, y seguimos con el horario desfasado: se levantan una hora más tarde, pero se acuestan más tarde también. Muerte a mi energía vital.
Ha pasado ya un año como bimadre. ¿He logrado no dejar a Jiribilla de lado? ¿He conseguido adorarlo a él? 
Respecto a lo primero: no, lógicamente no ha sido posible. Jaleo me necesita más, pero a fuerza de no poder atenderla siempre que ella lo ha querido se ha hecho más autónoma. Eso y la edad, supongo. Me sigue causando tristeza muchas veces no poder estar con ella, pero la veo feliz, pienso que es más cosa mía que suya. Por otro lado, sigo con agitación, aunque más lev…