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Mostrando las entradas etiquetadas como crianza respetuosa

Tal como vino se va

Una se sumerge en la maternidad de golpe y porrazo. Descubre, atribulada, que aquello no es como le habían contado, como había visto en las películas, en el imaginario colectivo. Sin referentes cerca se da de bruces con la verdad. Y si goza de cierta consciencia trata de comprender esa verdad y adaptarse a ella, no para dominarla, sino para hacerlo lo mejor posible. Así puede perderse entre libros de crianza y lactancia, foros, páginas y grupos de redes sociales. Y aprende, aunque con el tiempo se da cuenta de que nunca termina de aprender del todo. Sigue fallando, cada maldito eterno efímero día. Sigue perdiendo la paciencia. Solo queda aceptar que jamás será la madre perfecta y hacer las paces con ello, desligarse de la  sempiterna culpa. Al final deja de seguir a tanto gurú de crianza porque sabe que todo se reduce al respeto, a la comprensión y al sentido común. A medida que los bebés crecen esa intensidad puérpera se pierde. Ya no están pegados a una, no la necesitan tanto, e...

Tengo una placenta en el congelador

Tengo una placenta en el congelador. Ahí está desde que nació mi segundo. Con mi primera no lo hice así, desecharon la placenta en el hospital, no se me ocurrió pedirla ni verla. Fue luego cuando me volví más sentimental y la guardé. La idea era romántica: plantarla junto a la semilla de algún árbol para que crecieran al tiempo, mi hijo y la planta. Pero ya sabemos como es esto de la maternidad, una se lía a pasar las noches en vela y babear de amor puro y llorar por las esquinas y se olvida de lo importante. Y ahí sigue, cuatro años y pico después. Es curioso, porque todavía no la he visto. Mi maromo se encargó de meterla en una bolsa de congelación y, voilá , pal cajón. Alguna vez he vislumbrado algo cuando rebusco en ese caos glacial que tenemos. Cualquier día la confundo con un bistec y nos la zampamos. Pero es bonito, ¿no creen? Tener una placenta en el congelador. Es como si todavía estuviera fresco el parto, nunca mejor dicho. Reciente. Como si aún hubiera pañales que cambiar,...

Los libros, mis niños y yo

Están por todas partes. Los libros. En el salón, en esta habitación, en la  otra, junto a la cama, en el baño  –para los momentos de intimidad, bueno, la de Jiribilla, porque Jaleo sigue exigiendo mi presencia en esos ratos. Eso sí, me pide que le lea mientras evacúa –... Incluso tenemos una caja aparte destinada a los libros de la biblioteca. Están por todas partes y siempre han estado ahí, como pieza fundamental de mi vida. Y luego de la de mi propia familia.  Cuando me quedé embarazada fue una de las cosas que más ilusión me hizo: saber que podría leerle. Quería leerle cuentos, contarle historias. Antes de que naciera comencé a hacer acopio de libros en una tienda de segunda mano. Para mi primer cumpleaños como madre  – Jiribilla tendría un mes –  pedí un libro para todos; Él apareció con  ¡Voy a comedte!,  recomendado por una de las libreras de mi  librería preferida .   Fue el primer libro nuevecito de la colección. Han pasado casi siete...

Niña o niño, para la casa es lo mismo

Jaleo quería comer por cuarta vez aquella mañana, así que buscamos refugio en la tunelesca entrada de un comercio, a resguardo de la llovizna que comenzaba a caer. Nos sentamos en el suelo, junto a la puerta. Todos los bártulos a nuestro alrededor: el carro de la compra –que utilizo ahora como «bolso» para lo imprescindible–; la bolsa con los libros recién sacados de la biblioteca; la neverita con el aperitivo de la mañana... Así estábamos, leyendo yo en voz alta y comiendo él, cuando se acercó una mujer de avanzada edad. Se plantó frente a nosotros y preguntó, señalando a Jaleo con la cabeza: –¿Es niña o niño? –Niño, es un niño. Se quedó pensativa unos segundos y preguntó: –¿Y no tienes una niña? Ahí ya estuve a punto de preguntarle el porqué de su curiosidad, pero era una persona mayor, no quería ponerme borde porque sí. –Sí, también tengo una niña. –¿Y qué edad tiene? Aaaah, ¿pero qué le importaba a ella eso? Aun así me frené. Me frené: «Contente, tú, que esta es la clásica situ...

Soy una mamá genial... y también soy una bruja

 Soy madre. Eso significa que no soy perfecta, pues sigo siendo persona. Cuando estoy bien soy «la mejor mamá del mundo y del universo», dicho por mis criaturas  — bendita subjetividad — . Y cuando estoy mal cualquier minucia hace rebosar el vaso... y aparece la bruja, esa madre que detesto. La que intenta hacer acopio de paciencia cuando no hay hueco. La que ha conseguido mejorar poco a poco y se retira a tiempo a otra habitación para calmarse antes de dirigirse a sus hijos, pero a la que, aun así, se le siguen escapando gritos y meteduras de pata por las que luego se reconcome sin piedad. Algo que sí hago: pedir PERDÓN. Disculparme por haberles gritado, por haberles faltado al respeto. Ellas no son responsables de mis emociones: soy YO la encargada de gestionarlas. Pide perdón. Te aseguro que vale mucho. Para ellos y para ti.

Cuando das a luz también pares sombras

Algo que no cuentan sobre la maternidad es que no solo pares criaturas radiantes también nacen sombras las luces son evidentes tienen nombre propio y traen oxitocina bajo el brazo es vida nueva amor exaltado es plenitud las sombras brotan al poco también son infancia la propia es pasado que viaja al presente la claridad el dolor la maternidad  abismo insondable es luminosa y al tiempo es negrura y conviven oscuridad y luz cada día

Sororidad ausente

Se habla mucho de no cortarse a la hora de pedir ayuda. Pero en casos puntuales pueden negártela y, según cómo te pille el día, habrá sido peor pedirla, porque perderás un poco de fe en la humanidad. Hace años, cuando Jaleo no tenía aún dos meses y Jiribilla contaba con dos años y medio, me embarqué en una odisea para conseguir un regalo de cumpleaños. Iba con el clásico «pack» silla + porteo. Volviendo ya para casa Jiribilla se hizo caca y quería que la cambiara «ipso facto». Paré junto a un herbolario. Mi idea era tumbar a Jaleo en el carro y cambiarla a ella en un banco o similar, pero no había nada así a la vista. Intenté cambiarla con la sillita reclinada, pero el bulto-Jaleo delante de mí me impedía maniobrar con facilidad. La única posibilidad que vi era pedirle ayuda a la dueña del herbolario. Le pregunté que si podía, por favor, sujetar al bebé mientras cambiaba a su hermana. Su respuesta me dejó a cuadros: –No, no puedo. ¿Qué pasa si entra algún cliente? Así, sin un atisb...

«Él tiene más paciencia»

«Él tiene más paciencia», dijo la madre a jornada completa.  Hoy volví a escucharlo. «Él tiene más paciencia». Qué casualidad: este comentario siempre lo sueltan las madres 'full time', esas que no trabajan fuera de casa y se dedican «solo» a la crianza. Hablan de sus maridos, de sus parejas. Al parecer ellos tienen más paciencia con sus hijas e hijos. Ajá. Se me ocurre que es más fácil ser paciente cuando has tenido tu cuerpo y tu mente para ti durante unas horas. Cuando todo tu ser, físico e inmaterial, no ha estado a plena disposición de otra persona que depende de ti. Cuando no has tenido que atender demandas continuas de una o más niñas durante todo el día. Es más fácil tomarlo con calma cuando no has tenido que limpiar un culo mientras haces comidas y coladas, vigilando que el perro no meta el morro en el orinal —sí, tenemos un perro comemierda—. Y, por supuesto, intentando mantener algo de paz visual a lo 'KonMari' recogiendo juguetes y eliminando pegotes del mob...