Ir al contenido principal

Entradas

Un buen día de mierda

Hoy ha sido un día mierder.

Para empezar, Él se marchó antes de lo normal. No es que se vaya temprano-temprano, pero ese tiempo de más se nota. Adiós a lavarme los dientes tranquila, a intentar ir al baño, a compartir la odisea de vestir y poner zapatos. De fregar los platos del desayuno ya ni hablamos.

Llevar a Jiribilla al cole. Salimos de casa, bajar las escaleras con el carro, siempre el carro. Empujar los casi quince kilos de Jiribilla más los once y pico de Jaleo hasta la parada del tranvía, porque ella se niega a caminar y él no quiere ir en otro sitio que no sea la capota. No tengo fuerzas para negociar. Por el camino me adelanta una mujer hablando por el móvil; ella va ligerita y en línea recta y yo ya he comenzado a girar a la derecha, así que el roce de la pierna de Jiribilla con ella es inevitable. Furibunda, se da la vuelta y me espeta que no se me ocurra volver a empotrar el carro contra ella. Intento explicarle que me cuesta maniobrar con dos niños encima, pero evidente…
Entradas recientes

Retrato infame

Encontrábame yo cierta mañana laborando en la cocina cuando entró Jiribilla y con su alegre voz matutina exclamó:


–¡Mamá, te he hecho un dibujo!
Esa faceta suya artística me encanta, sobre todo cuando elabora una nueva creación para su mamá. Pero esta vez me horrorizó. ¿Qué era aquello?
–Esta eres tú enfadada.
Acabáramos. El día anterior estuve especialmente refunfuñona. Por mucho que intente aplicar lo que he leído sobre crianza, paciencia, mindfulness, relativizary «los-días-son-largos-los-años-cortos», en muchas ocasiones vence el cansancio y el estrés y les hablo mal. Ciertamente, soy imperfecta. Pero ese dibujo fue una cachetada sin manos. Esa era yo, un ogro, visto por ella, mi dulce hijita adorada.



Terrible.
Era la primera vez –ojalá la última– que me dibujaba así. Hasta ahora siempre que me retrataba seguía los mismos pasos:
–La cara... el pelo... los ojos... la nariz... ¡Y una graaan sonrisa!
Y no es que vaya yo sonriendo todo el día por ahí, pero ella me ve así.
Salvo ese día…

Quince años de Facebook

Ayer, sin darme cuenta, me vi reflexionando sobre lo que ha significado Facebook para mí. Seguramente porque mañana Facebook cumple quince años. Y resulta que no es asunto baladí. Me refiero a lo que me ha aportado como madre.

No sé ustedes, pero yo he criado sin tribu. No tuve compañía, no estuve rodeada de gente en los primeros meses –ni ahora–. No sé qué pasa, que cuando eres madre casi todas tus amigas sin hijos desaparecen como por arte de magia. Aunque no es difícil hacerse una idea de lo que pasa por sus cabezas, pues también he estado en el otro lado. ¿Y qué pensaba yo entonces sobre esa amiga maternante? «Mejor no la llamo, estará liada con el niño». 

Ingenua. Sí, mi amiga estaba ocupada. Estaban ocupados literalmente su cuerpo y su mente. Se encontraba con el niño encima, en brazos, llorando, jugando, riendo, echada, de pie, cargando, tratando, luchando. No sabía yo lo que había detrás. No tenía ni idea de lo que significan para una madre puérpera la compañía, el apoyo, la co…

Bésenlo mucho

Hace unos días comenté nuestro encuentro con un exvecino, padre primerizo de un bebé de tres meses y medio. Le preguntamos cómo iba todo y respondió que por las noches genial, que el bebé dormía seis o siete horas seguidas, pero que durante era día es otro cantar. Que no paraba de llorar. Que solo quería brazos. Que no lo cogían mucho por eso de que se acostumbraría. Nos preguntó si nos había pasado lo mismo y yo contesté la verdad: que no lloraban porque los cogíamos, que lloran porque quieren brazos, sí.

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, imagino que a muchas sí: si escucho a unos padres decir que el niño cuando llora tiene cuento porque al cogerlo se calma, siento la imperiosa necesidad de recomendarles Bésame mucho, de Carlos González; si les oigo quejarse de que no duerme por las noches, necesito –de verdad lo necesito–hablarles de Dormir sin lágrimas, de Rosa Jové; si de lo que se quejan es de que la niña no come nada, me veo en la obligación de descubrirles el BLW y aconseja…

Controlar la sombra

Antes de ser madre tenía pocas amigas con hijos. Una de ellas, a la mínima oportunidad, decía eso de «es que tú no lo entiendes porque no eres madre». Lo cual me daba mucho por saco. Porque no era madre, pero podía hacerme una idea, qué caray.

Ja.

Lo que voy a relatar a continuación sólo lo comprenderán las madres. Y quizás no todas. Pienso sobre todo en aquellas mujeres cuya sombra ha emergido de forma bestial al convertirse en madres, esas que han sentido removerse todo su ser. Las que tenían una idea muy clara sobre cómo gestionarían su maternidad y se han visto inmersas en un universo diferente que les ha hecho replanteárselo todo. Las que pretendían hacer las cosas de una manera, pero su instinto les gritaba que nanay y han sabido escuchar. Las que se han visto solas y desamparadas transformándose en su nuevo yo. Las que han querido informarse y lo han hecho, pese a las mareas en contra.

(Quién sabe, quizás también lo entiendan las personas no-madres muy empáticas).

Es difícil co…

Despidiendo y celebrando el tercer hijo

Todo comienza y todo termina. Todo.

Cuando estamos inmersas en la primera etapa de la crianza parece que no, que ese agotamiento abismal será para siempre, que esa dependencia de nosotras nunca acabará. Aun así nos regodeamos en el amor, en el cansancio. Nos encontramos en otro universo, a nivel mental, físico, espiritual. Vivimos prácticamente desconectadas de todo aquello ajeno a nuestra cría, a nuestro vínculo. Es extraño, muy extraño. Contradictorio. Deseas descansar, pero no quieres que ese amor se apague, ese combustible, esa oxitocina, ese... lo que sea.

Es normal esa lucha de sentimientos. Después de todo y ante todo, somos humanas. No somos máquinas. Estamos sujetas a cambios químicos, físicos. Nuestro cuerpo es una orquesta, a veces suena una pieza lenta, otras veces algo más rápido, en ocasiones desafina. Qué sé yo, me voy por las ramas.

Lo que quiero decir, y pretendo expresar, es que estoy viviendo un proceso de luto. Porque cada vez soy más consciente de que ya no tendré…

Renuncio

Renuncio.
Renuncio a preocuparme de sandeces cotidianas.
Renuncio a tener las dos manos libres.
Renuncio a ir al baño sola, a miccionar/defecar/ducharme tranquila y sola.
¡Renuncio! Para qué luchar, para qué frustrarme.
Renuncio a comer sentada a la mesa como un bípedo civilizado.
(De hecho, renuncio a comer algunos días).
Renuncio a dormir, al menos a pierna suelta y de corrido.
Renuncio a tener una conversación sin interrupciones.
Renuncio a cocinar siempre sano y variado.
Renuncio a llevar ropa que no sea de «teta fácil».
Renuncio a volver a leer algo que no esté relacionado con la crianza.
Renuncio a ir ligera, de bultos y de ritmo, por la calle.
Renuncio a tener la casa impecable.
(O mínimamente decente, ¡para qué!).
Renuncio a esconderme cuando me llamen sus vocecitas.
Renuncio a preferir fregar los platos para escaparme un rato.
Renuncio.
A partir de hoy dejaré que fluya.
Si me reclaman estaré con ellos.
Tiraré de botes de conserva, de guisos rápidos, de la cafetería.
Recurriré…