lunes, 26 de noviembre de 2018

Controlar la sombra

Antes de ser madre tenía pocas amigas con hijos. Una de ellas, a la mínima oportunidad, decía eso de «es que tú no lo entiendes porque no eres madre». Lo cual me daba mucho por saco. Porque no era madre, pero podía hacerme una idea, qué caray.

Ja.

Lo que voy a relatar a continuación sólo lo comprenderán las madres. Y quizás no todas. Pienso sobre todo en aquellas mujeres cuya sombra ha emergido de forma bestial al convertirse en madres, esas que han sentido removerse todo su ser. Las que tenían una idea muy clara sobre cómo gestionarían su maternidad y se han visto inmersas en un universo diferente que les ha hecho replanteárselo todo. Las que pretendían hacer las cosas de una manera, pero su instinto les gritaba que nanay y han sabido escuchar. Las que se han visto solas y desamparadas transformándose en su nuevo yo. Las que han querido informarse y lo han hecho, pese a las mareas en contra.

(Quién sabe, quizás también lo entiendan las personas no-madres muy empáticas).

Es difícil controlar la ira, la frustración, la rabia. Sobre todo cuando lo viviste en tu niñez. Después de todo aprendemos con el ejemplo. Con la maternidad consciente emerge esa sombra, comienzas a entender muchas cosas que antes simplemente estaban ahí, aparentemente desde siempre. Ah, pues soy así, soy asá. Pero resulta que no sólo eres así o asá, sino que en parte te fueron haciendo como eres, seguramente sin ser conscientes. Y en la sombra vislumbras una lucecilla: ah, en la infancia está la clave (al menos una parte clave de la clave, valga la redundancia).

Volviendo al tema: es fácil lanzar un grito para desahogarse, lo complicado es NO gritar, saber controlarse, mantener la calma. Y también es difícil perdonarse cuando no has podido evitarlo y has gritado a tus hijos.

Yo les he gritado. Quiero pensar que no han sido muchas veces y trabajo cada día por no volver a hacerlo. Pero recuerdo con una claridad meridiana la primera vez que grité a Jiribilla, y esa marca la llevaré en el alma por siempre ya.

Ni siquiera fue un grito tal como yo los concibo. Levanté la voz lo suficiente para pretender que me entendiera. Ella tendría un añito y poco, yo todavía no me acostumbraba a eso de andar agotada todo el día. Me seguía a todas partes pidiéndome que la cogiera, o que jugara con ella, o que la amamantara, ni recuerdo ya. Intenté escapar a la cocina un par de segundos, ella vino detrás reclamándome, me di la vuelta y le pedí que me dejara sola. No me acuerdo de mis palabras exactas, tan sólo recuerdo el horror: Jiribilla, en vez de marcharse, de huir de mí, de llorar, vino corriendo hacia mí para que la abrazara. Hacia mí, el monstruo que le había gritado. Porque, pese a todo, yo seguía siendo refugio. Yo, su todo. Madre mía.

No puedo cambiar el hecho de que le grité, pero intento sacar provecho de ese error.

Ese grito se ha convertido en mi vocecilla/grito interior. Cuando me veo en el abismo, ese grito me avisa.

Huyó de mí.

Hacia mí.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Despidiendo y celebrando el tercer hijo

Todo comienza y todo termina. Todo.

Cuando estamos inmersas en la primera etapa de la crianza parece que no, que ese agotamiento abismal será para siempre, que esa dependencia de nosotras nunca acabará. Aun así nos regodeamos en el amor, en el cansancio. Nos encontramos en otro universo, a nivel mental, físico, espiritual. Vivimos prácticamente desconectadas de todo aquello ajeno a nuestra cría, a nuestro vínculo. Es extraño, muy extraño. Contradictorio. Deseas descansar, pero no quieres que ese amor se apague, ese combustible, esa oxitocina, ese... lo que sea.

Es normal esa lucha de sentimientos. Después de todo y ante todo, somos humanas. No somos máquinas. Estamos sujetas a cambios químicos, físicos. Nuestro cuerpo es una orquesta, a veces suena una pieza lenta, otras veces algo más rápido, en ocasiones desafina. Qué sé yo, me voy por las ramas.

Lo que quiero decir, y pretendo expresar, es que estoy viviendo un proceso de luto. Porque cada vez soy más consciente de que ya no tendré más hijos. No volveré a sentir esa emoción al sospechar que ya ha sido engendrado. No volveré a mirarme compulsivamente en el espejo en busca de esa curva incipiente. No pondré mis manos sobre el vientre, ni las de Él, ni las de Jiribilla, ¡ni las de Jaleo!, para que todos lo sientan. No volveré a parir, a sentirme esencialmente mamífera. No volveré a... tantísimas cosas. Tantos asuntos que querría repetir, iguales o cambiando detalles, porque con cada embarazo y parto aprend más y estás más preparada.

Y ya, sé que Jaleo todavía es un poco bebé. Casi veinte meses. Ni siquiera me ha vuelto la menstruación. Seguimos en tándem y sólo tengo dos tetas, ya –aunque el tritándem es posible, pero yo no sobreviviría–. Conozco nuestra realidad. Y tengo derecho a vivir mi luto, eso también lo sé.

No volveré a tener un bebé.

Se cierra un ciclo. Una no puede tener hijos eternamente. ¿O sí? ¿Podría comenzar un crowdfunding para financiar un tercer hijo?

Y utilizaré eso del crowdfunding para hablar de mi otro tercer hijo, uno de papel, con el permiso de Un papá como Vader: gracias a una financiación colectiva he conseguido sacar adelante un pequeño libro que tenía en mente desde que Jiribilla tenía un año. De hecho, por el camino llegó Jaleo y por eso ambos son protagonistas.

«AGUA. Gotitas mágicas» es el nombre de mi tercero. AGUA fue una de las primeras palabras de Jiribilla. La repetía con pasión cada vez que veía el líquido elemento, o cuando quería beber, o darse un baño, o jugar con ella. Así nació.

Podré abrazarlo, podrán disfrutarlo mis hijos y otras personas. Podré calzar una mesa con él. No podré darle teta. O sí, total, ya Jaleo me obliga a darle teta al Pollo Pepe.

Y lo bueno de este tercer hijo es que me abre la posibilidad de tener un cuarto, un quinto...

Así se entrelazan el luto y la celebración en estos momentos.

Abriré ahora mismo el libro y esnifaré sus páginas, a ver si el chute hormonal se activa de la misma forma.






miércoles, 7 de noviembre de 2018

Renuncio

Renuncio.
Renuncio a preocuparme de sandeces cotidianas.
Renuncio a tener las dos manos libres.
Renuncio a ir al baño sola, a miccionar/defecar/ducharme tranquila y sola.
¡Renuncio! Para qué luchar, para qué frustrarme.
Renuncio a comer sentada a la mesa como un bípedo civilizado.
(De hecho, renuncio a comer algunos días).
Renuncio a dormir, al menos a pierna suelta y de corrido.
Renuncio a tener una conversación sin interrupciones.
Renuncio a cocinar siempre sano y variado.
Renuncio a llevar ropa que no sea de «teta fácil».
Renuncio a volver a leer algo que no esté relacionado con la crianza.
Renuncio a ir ligera, de bultos y de ritmo, por la calle.
Renuncio a tener la casa impecable.
(O mínimamente decente, ¡para qué!).
Renuncio a esconderme cuando me llamen sus vocecitas.
Renuncio a preferir fregar los platos para escaparme un rato.
Renuncio.
A partir de hoy dejaré que fluya.
Si me reclaman estaré con ellos.
Tiraré de botes de conserva, de guisos rápidos, de la cafetería.
Recurriré a la escoba rápida y el trapo húmedo.
Optaré por vivir el presente y no el futuro.
Un futuro donde ya no prefieran estar conmigo.

Si dejo constancia de ello tal vez logre hacerlo.
Porque si pretendo poder cocinar,
conversar,
ir al baño,
dormir de corrido,
leer algo nuevo,
fregar los platos con ambas manos,
caminar a mi ritmo,
ir ligera por la calle,
sentarme en el sofá y estar quieta
(¡quieta!)
y no lo consigo,
me frustro.

Así que, desde hoy, elegiré todo eso:
estar con ellos, no cocinar, no limpiar, llevar escotes por los suelos,
acudir cuando me llamen, caminar despacio,
tener mis manos siempre ocupadas, llenas de ellos.
De Jiribilla, de Jaleo.
No haré nada más.
No cuando me reclamen, no mientras no pueda hacerlo.

Así lo elijo.



martes, 25 de septiembre de 2018

Un día, el día a día


Y un día, pum, te descubres buscando un hijo.
Tú, la «liberal», la que no quería niños.
Escrutas la prueba en busca del rayón.
Te sumerges en internet, te haces experta en concepción.
Y un día, zas, estás embarazada.
Cada semana acudes a Google para saber en qué estado se halla.
Conoces de pe a pa las fases de desarrollo.
Te vuelves maestra del embarazo, ¡y no es un rollo!
Y día tras día te tocas, te miras en el espejo.
No sabes si esa curva es un bebé o el almuerzo.
Te mueres por que se note, por que vaya rapidito.
La espera es un tormento, pero uno tan bonito...
Y un día, bom, sientes como un meneo.
No estás segura, ¿serán gases? ¿Indigestión? No lo creo.
Te tumbas boca arriba, de lado, boca abajo...
Pruebas mil posturas... ¡Notarlo cuesta trabajo!
Y un día, paf, ya salió toda la panza.
La gente ya no duda, va directa y se lanza:
«¿El primero? ¡Ya verás! No volverás a descansar».
Y piensas que exageran... Tu caso no será igual.
Y de pronto, GRMMPFF, ¡está fuera!
No lo crees, está viva, te remira, coge teta.
Sigues siendo dos, pero ahora tiene cara.
Y vives agotada, extasiada, enamorada.
Y el día tras día se ha vuelto otro.
Es rutina, es amor, pero es muy loco.
Te sientes sola aunque nunca lo estás:
bienvenida a otro universo. Tu otra yo quedó atrás.
Tus prioridades han cambiado:
ahora sólo hay una, todo el día en brazos.
Ni comer, ni lavar, ni irte a duchar.
Y, por supuesto, olvídate de descansar.
Y un día deseas que, al menos, aguante la cabeza,
«para tener una mano libre», te quejas.
Luego sueñas con que se siente.
Y después quieres que camine, que sea algo independiente.
Que hable, por favor, que no entiendes lo que quiere.
Y que se quede –un ratito al menos– con otra gente.
Pero ella sólo quiere estar contigo.
Y te gusta, te halaga..., pero el cansancio es un abismo.

Pero un día, atenta, ya no le importa si no está contigo.
Prefiere ver a papá, a la abuela, a algún amigo.
Incluso cierra la puerta mientras dice «¡que descanses!».
Y en ese rato a solas, ¡al fin!, ¿qué haces?
Lloras, te extrañas, miras fotos viejas.
Recuerdas a aquel bebé aferrado día y noche a la teta.
Y miras el teléfono todo el rato
preguntándote si te estará buscando.
Y cuando al fin regresa tu niña, tu bebé,
le abres tus brazos, le suplicas «¡VEN!».
Y se te cae el mundo al suelo
cuando te espeta un «espera, mamá, me quito los zapatos primero».

Tenían razón los que decían que tu vida no será igual.
No serás la misma: vas a llorar, vas a reír.
Tú la pariste a ella, pero ella te parió a ti.

Eres madre y humana... Claro que te cansarás.
Pero también tienen razón los que dicen que no tengas prisa:
saborea cada minuto, cada paso... La magia está en el día a día.




lunes, 13 de agosto de 2018

Cuatro años de MAGIA


Cuatro años, Jiribilla.

Cuatro años y sigues fascinándome. Toda tú brillas: brillan tus ojos y tus entrañas. Vas por la calle canturreando, inventando versos que no riman, tarareando, saltando, recogiendo hojas y palitos, eres feliz. Vas regalando pegatinas a la gente porque sí, y tu cara se ilumina cuando la aceptan y te devuelven una sonrisa, una palabra amable. Algunas personas piensan que pretendes cobrar por la estrellita y te rechazan, pero tú nos miras y te encoges de hombros como diciendo «bueh, no la quiso, ¡qué extraño!», y sigues buscando a quien regalar. Y ríes con tus propias gracietas, y de repente me dices que me quieres «más allá del planeta». 

Y me emociono, porque es tu cumpleaños y tú sigues regalándonos tu espíritu, tu alegría. ¡Ojalá no pierdas ni un ápice de eso! Es difícil, pero eres tú, es tu esencia, soy optimista.

Feliz día, Jiribilla. 

Felicidades a nosotros.

domingo, 12 de agosto de 2018

Más vale acompañada que aguantarse las ganas

Es curioso: a él no lo acompañan al baño. En cambio, ya pueden estar pasándolo pipa jugando con superpapá, que como yo me levante y anuncie una fugaz visita al inodoro dejan raudos cualquier aventura y vienen cual cachorrillos perdidos. A veces me escabullo sigilosamente, pero no cuela: se dan cuenta de mi ausencia y no perdonan. Y me veo allí, sentada en el trono, el teléfono escondido con urgencia bajo el rollo de papel –adiós, ratito de paz–, y mis dos secuaces montando guardia: Jiribilla apoyada en el bidé, Jaleo intentando abrir el grifo y yo evitando que resbale para que no se parta la crisma.

–¿Puedo ver tu caca?
–Mmm... Todavía no hay nada.
–¿Ahora?
–No.
–¿Ya?
–No. Mi amor, necesito intimidad... Como cuando tú haces caca en el balcón y nos pides que cerremos bien la puerta y nos quedemos fuera.
–¿Ya?
–Necesito un poquito de tiempo.

Tres segundos después:

–¿Ya hay caca?
–UMPRFF... Sí. Mira.
–¡Puaaaj!

Y así, varias veces al día, de a poquito cada vez, voy vaciando los intestinos.

Cuando papá va al baño yo les animo, les digo que si van con él tendrán la oportunidad de ver una supercaca, pero no, se quedan en mi órbita. Yo soy su sol. Muchas veces agobia, otras muchas me encanta. Nunca pretendí significar tanto para alguien. Yo, pequeña, poco más de metro y medio, llena de inseguridades. Un sol.

Soy una estrella.

Nadie te prepara para esto.


domingo, 22 de abril de 2018

Nuestros libros - De la cuna a la luna

¡Feliz Día del Libro!

No sé si les pasa lo mismo, pero en nuestra vida los libros ocupan un lugar importante. Bueno, en realidad ocupan muchos y variopintos lugares: armario, zona de juegos, estantes, cama, coche... Hasta en el baño hay uno que llevo intentando leer unos buenos meses ya –es lo que tiene no ir nunca al baño sola–. A lo largo de un día Jiribilla nos pide que le leamos muuuchas veces, especialmente de noche, antes de irse a dormir.

Como tenemos un montón de libros, pero poco tiempo para escribir sobre todos ellos antes de que alguno despierte, me alegra comunicarles que hoy inauguro una sección del blog. Y me alegro, sí, porque de esta forma me obligaré a retomar esto. Sacaré ratitos para comentar nuestros libros preferidos y no tan preferidos. ¡Tendrán Jiribilla, Jaleo y mis quejas para rato!

No podía ser de otra forma: debo empezar recomendando la colección De la cuna a la luna, de la editorial Kalandraka. Es una obra de Antonio Rubio, con ilustraciones de Óscar Villán. Consta de diez maravillosos títulos: Luna, Pajarita de papel, Cocodrilo, Violín, Cinco, Árbol, Zapato, Veo veo, Miau y Limón. Son libros de cartón, con bordes redondeados, ideales para que los más pequeños puedan manosear sin problema.

Se trata de una colección dirigida a bebés, con ilustraciones sencillas, con poco texto, con rima, con música –sí, sí, con música, la que le pondrás tú cuando los leas, porque estos libros no se leen, se canturrean, no podrás evitarlo–, y que nos invita a interactuar con nuestros peques.




A Jiribilla le gustaba especialmente Violín, que culminaba con un beso de papá. Durante una época le dio tan fuerte por ese libro que yo lo escondía cuando papi no estaba, por miedo a que se decepcionara con el final. También le chiflaba Cinco, pero ese a nosotros no tanto, sobre todo cuando Jiribilla empezó a pesar lo suyo... Es que este termina con un salto.

A Jaleo le gustan Luna, Cocodrilo y, por supuesto, también Violín, porque terminar un cuento con un beso cosquilloso de papá o mamá es lo más, ¿no les parece? Estos son los primeros libros en los que muestra interés Jaleo: su sonrisa de oreja a oreja cuando llega el momento lo dice todo. Y como Jiribilla se los sabe de memoria, se los lee a veces a su hermano. Genial.

En Youtube hay vídeos con estos libros recitados, pero no facilito enlaces directos porque pienso que es mejor y más divertido que cada uno les ponga la música y el ritmo que mejor le parezca.

Si aún no tienen libros para sus bebés, o uno que llame su atención, les animo a intentarlo con estos. Echen un vistazo en la biblioteca, pasen por una librería... ¡No se arrepentirán! Y dejen sus opiniones si les parece. ¡Y la de sus pequeños!