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Más vale acompañada que aguantarse las ganas

Es curioso: a él no lo acompañan al baño. En cambio, ya pueden estar pasándolo pipa jugando con superpapá, que como yo me levante y anuncie una fugaz visita al inodoro dejan raudos cualquier aventura y vienen cual cachorrillos perdidos. A veces me escabullo sigilosamente, pero no cuela: se dan cuenta de mi ausencia y no perdonan. Y me veo allí, sentada en el trono, el teléfono escondido con urgencia bajo el rollo de papel –adiós, ratito de paz–, y mis dos secuaces montando guardia: Jiribilla apoyada en el bidé, Jaleo intentando abrir el grifo y yo evitando que resbale para que no se parta la crisma.

–¿Puedo ver tu caca?
–Mmm... Todavía no hay nada.
–¿Ahora?
–No.
–¿Ya?
–No. Mi amor, necesito intimidad... Como cuando tú haces caca en el balcón y nos pides que cerremos bien la puerta y nos quedemos fuera.
–¿Ya?
–Necesito un poquito de tiempo.

Tres segundos después:

–¿Ya hay caca?
–UMPRFF... Sí. Mira.
–¡Puaaaj!

Y así, varias veces al día, de a poquito cada vez, voy vaciando los intestinos.

Cuando papá va al baño yo les animo, les digo que si van con él tendrán la oportunidad de ver una supercaca, pero no, se quedan en mi órbita. Yo soy su sol. Muchas veces agobia, otras muchas me encanta. Nunca pretendí significar tanto para alguien. Yo, pequeña, poco más de metro y medio, llena de inseguridades. Un sol.

Soy una estrella.

Nadie te prepara para esto.


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