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Primer embarazo, segundo embarazo

En el primer embarazo el tiempo parece no avanzar. Te asomas al espejo cada dos por tres, analizando con calma supina la incipiente curva. ¿Serán sólo gases? ¿La ingesta del desayuno? ¿Cuándo empezará a notarse de verdad?

En el segundo embarazo te enteras de que estás embarazada. Algunos días recuerdas que estás preñada y te preguntas si será cierto que sale antes la barriga. Y, de repente, BUM, ahí está. ¿Cuándo creció este balón en mi abdomen?

En el primer embarazo no ves la hora de empezar a sentir cómo se mueve. Lees trucos para lograr percibirlo. Tumbada boca abajo, boca arriba. Te parece notar algo, pero nunca estás segura hasta que ya es evidente que es ello.

En el segundo embarazo estás tan ajetreada que un día notas algo. «Ahí está, esta vez no hay duda», piensas. Sonríes y sigues a lo tuyo. Ya habrá tiempo para sentirlo con calma (ja).

En el primer embarazo, cada vez que completas una semana, haces una búsqueda frenética en Google sobre qué ocurrirá en la siguiente semana. Cambios en la madre, cambios en el feto. Podría haberme sacado un máster en preñología.

En el segundo embarazo sabes que la cosa va pa'lante y ya.

En el primer embarazo, fotos de la barriga cada día. Puedes pasar horas fotografiando diferentes perfiles. Y vídeos. Vídeos de la barriga con movimiento. Mogollón de ellos.

En el segundo embarazo... Bueno, no tienes tiempo de mirarte al espejo. La secuencia de embarazo de la primera quedó de lo más cuca. La segunda está siendo un desastre, básicamente porque Jiribilla se niega a colaborar.

En el primer embarazo todo el mundo está pendiente de ti. Gente de la que no sabes prácticamente nada de pronto quiere verte. No sé si existe un morbo especial por ver a una conocida embarazada, pero así fue en mi caso. Y si no llamaban por teléfono, enviaban mensajes, pidiendo fotos y detalles del proceso.

En el segundo si te he visto no me acuerdo. Ya no es novedad ver a la misma tipa embarazada.

En el primer embarazo puedes tumbarte plácidamente en el sofá con las manos en la barriguita y tragarte un maratón de tu serie preferida. Te pones crema antiestrías ceremoniosamente dos veces al día acariciando tu vientre, obnubilada.

En el segundo embarazo no hay tiempo para zarandajas. La ducha sigue siendo rápida porque Jiribilla me reclama. Si hay suerte me embadurno la panza con aceite de almendras y listo. Si acaso logro echarme un rato con las tetas libres de exigencias succionales, coloco mis manos culpables sobre la barriga y la acaricio. Culpables, porque no le dedico el tiempo que merece, y después de todo sigue siendo mi bebé.

En el primer embarazo caminas porque sabes que es recomendable. Caminaba dos, a veces tres horas diarias. Parte de ellas a buen ritmo, con los perros. Estaba en forma.

En el segundo embarazo caminar, caminas, sí, pero a ritmo de Jiribilla. Tardas dos horas en llegar al parque y la forma que quieres tener es la de ovillo, en la cama.

En el primer embarazo no ves la hora de ir al tocólogo. Las ecografías son magia pura para tus ojos. No escatimas y vas por privado y por la seguridad social.

En el segundo embarazo no hay tiempo para visitas innecesarias. Te parece que hay demasiadas, no tienes con quien dejar a Jiribilla, y ni siquiera quieres mirar mucho la pantalla, no sea que haya algo evidente y te jorobes la sorpresa (sí, ¡sexo sorpresa!).

En el primer embarazo yo no me informé mucho acerca del momento del parto. Una vez pasó di por hecho que tuve un parto bueno, porque comparaba con lo que me habían contado. Fue vaginal, con epidural y sin episiotomía. Luego averigüé que no fue tan idílico: me rompieron la bolsa –sin informarme– para provocarlo, me inyectaron oxitocina y querían rajarme, pero no les di pie a ello. Vale, fue bueno dentro de lo que cabe, repito, si comparamos, pero no respetado.

En este embarazo tengo las cosas más claras, y espero que todo salga de otra manera.

A comienzos de este embarazo se veía muy lejos la fecha del parto. Pensaba que en los meses que quedaban Jiribilla crecería, se haría más independiente, yo estaría más liberada. Pero ha ocurrido todo lo contrario. Ya no puedo tener mi ratito ocasional para cagar tranquila mientras sale con papá, porque quiere, necesita que yo vaya. No puede perderme de vista más de tres minutos, ni siquiera dentro de casa. Y las noches... Para qué hablar de las noches. Tema aparte.

Por otro lado, Jiribilla al principio no quería oír hablar del bebé. Decía «¡bebé nooo!» y hacía ademán de sacarlo de mi vientre y echarlo fuera. Ahora dice que quiere ya al bebé, y cuando alguien hace ruido dice «shhh, no depiertes bebé». Y pregunta qué quiere comer el bebé, como si estuviera en un restaurante eligiendo el menú. Muy tierna. Espero que se lo tome igual de bien cuando el bebé sea tangible.



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